jueves, 27 de enero de 2011

LA MUJER EN LA FILOSOFÍA

SOR JUANA INES DE LA CRUZ
(1648 - 1695)

permaneció en Palacio y después regresó a la vida de religiosa, esta vez en el convento de San Jerónimo, también una orden de clausura, pero más flexible que la anterior. El 24 de febrero de 1669 tomó los votos definitivos y se convirtió en Sor Juana Inés de la Cruz. Allí Sor Juana Inés de la Cruz escribió la mayor parte de su obra y alcanzó la madurez literaria, pues pudo compartir sus labores de contadora y archivista del convento con una profunda dedicación a sus estudios. Aunque le fue ofrecido el lugar de Abadesa del convento, Sor Juana lo rechazó en dos oportunidades.

Sor Juana se dio a conocer con prontitud, y desde entonces fue solicitada frecuentemente para escribir obras por encargo (décimas, sonetos, liras, rondillas, obras de teatro, etc.), entre las cuales destacó Neptuno Alegórico en 1689. Sus motivos variaron siempre de lo religioso a lo profano. En 1692 se hizo merecedora de dos premios del concurso universitario "Triunfo Parténico".

Su amor por la lectura le llevó a armar una colección bibliográfica de cuatro mil volúmenes que archivaba en su celda, que llegó a ser considerada la biblioteca más rica de Latinoamérica de su tiempo. Poseía además instrumentos musicales y de investigación científica, lo que pone en evidencia que su formación intelectual alcanzó las áreas de astronomía, matemática, música, artes plásticas, teología, filosofía, entre otras.

 
Una carta escrita por Sor Juana Inés de la Cruz a Sor Filotea de la Cruz, el obismo de Puebla llamado Fernández de Santa Cruz cambiaría el curso de su vida, en dicha carta criticaba un sermón del padre Vieyra, un jesuita portugués de conocida trayectoria como teólogo. Además de que cuestionaba  las distancias entre el amor divino y el amor humano, lo celestial y lo terrenal . Constituye un intenso ensayo autobiográfico y declarativo de principios intelectuales, y que fue el principio de su fin en una sociedad inquisitorial y patriarcal que no podía admitir la genial libertad de espíritu, sobre todo en una mujer. El revuelo que originó esta carta terminó por volverse en su contra cuando el obispo de Puebla, Sor Philotea, o Fernández de Santa Cruz, le instó a dejar las actividades académicas y a dedicarse a las labores del convento. A pesar de que Sor Juana se defendió a través de una carta donde reclamaba los derechos culturales de las mujeres y abogó por su propio derecho a criticar el sermón y formar su propio pensamiento, terminó por obedecer y, renunciando a sus instrumentos y a su biblioteca. Dedicándose por el resto de sus días a la vida conventual.

Sor Juana Inés de la Cruz murió víctima de una epidemia mientras acudía a las hermanas en el convento el día 17 de abril de 1695. Fue inmortalizada con el nombre de la Décima Musa.
 
JULIANA GONZÁLEZ 

Desde que la conozco, Juliana González ha andado por los caminos de la filosofía. Cercana al filósofo catalán Eduardo Nicol, llegó a ser su mejor discípula, lo cual implicaba, entre otras cosas, amor a la metafísica, a la ética y a ese universo griego que, con tanta frecuencia, Juliana González ha cultivado después. Sobre su maestro escribió la tesis doctoral, que se convirtió en el mejor libro acerca de la obra nicoliana: La metafísica dialéctica de Eduardo Nicol (1981). Por otra parte, Juliana ha venido desarrollando cada vez más su propia obra viva, vital, muy ya del todo suya.

Todos sabemos que Juliana González no se ha alejado nunca de los filósofos clásicos. Son especialmente importantes y valiosas sus investigaciones sobre Heráclito, Platón, Spinoza. Entre los modernos y contemporáneos, ha analizado a fondo a Nietzsche, a Heidegger, a Sartre, a Erich Fromm. En todos sus estudios existe una tendencia precisa: la del humanismo. Por lo demás, no ha dejado de prestar atención a los escritores –Dovstoyevski, Kafka, conocidos a fondo. Todo sin olvidar su afición por el arte y, en particular, su hermoso texto dedicado a la pintura de Remedios Varo.

De singular importancia en cuanto a al ética y a la praxis del libre albedrío es el libro Ética y libertad, publicado en 1989. Citemos una frase especialmente reveladora de este texto si queremos darnos cuenta de la intención filosófica de Juliana González:

Heráclito es uno de sus preferidos
La metáfora paradigmática de la unidad psíquica de la vida moral sigue siendo, así, la del ‘mito’ platónico del ‘carruaje alado’, unidad indisoluble de la conciencia con las fuerzas primigenias de la vida; unidad siempre en movimiento, siempre tensa, siempre en la alternativa de ‘ascenso’ o de ‘caída’.

Tensa, es decir, en constante lucha, en constante movimiento dialéctico, en continuado diá-logo del hombre con la naturaleza, del hombre con los demás hombres.

Esta actitud ética aparecía ya en un libro excepcional, publicado por Juliana González en 1986; me refiero a El malestar en la moral. En él se analiza con gran detalle y precisión el problema que Freud ha planteado para la ética. Sin olvidar determinismos, a veces demoledoramente reductivos, puede pensarse en Freud como el pensador a partir del cual se afirma cierta libertad, camino al que Juliana González llama un “humanismo integral”.

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